Patrimonio cultural
Durante siglos, las comunidades humanas han construido fuertes lazos con la naturaleza, manifestaciones diversas que han evolucionado en función de los momentos históricos o de las costumbres locales. Collserola es lugar de arraigo de tradiciones y costumbres populares que han llegado hasta nuestros días, y que aún hoy en día, se expresan en forma de fiestas y romerías, o en el legado de algunas leyendas. También los espacios naturales han sido vehículo para la inspiración y la curiosidad en todas las épocas, tal como lo demuestran las numerosas manifestaciones artísticas relacionadas con la sierra.
Leyendas y mitos
Collserola atesora toda una serie de mitos y leyendas que han estimulado el imaginario popular. Desde las habas milagrosas del santo payés Medín, la historia de un dragón que tiñó de negro las tenebrosas pizarras de Olorda, o el conocido gigante que se quedó dormido sobre la sierra tras su pelea con el Gegant del Pi (Gigante del Pino).

En estas líneas os mostramos un breve resumen. Para saber más sobre leyendas i hechos curiosos de Collserola al Centro de Recursos Educativos (CRE) del Parque encontrareis mas información.
La ermita de Sant Medir está situada en el valle de Gausac, en la vertiente norte de la sierra de Collserola, a medio camino entre Barcelona y Sant Cugat.
Según la tradición, Medín era un payés que vivía en su masía, en el valle de Gausac. Por aquel entonces, hacia el año 303 d.C., los cristianos de Barcelona eran perseguidos por el temido Daciano, que tenía órdenes de eliminar a todos aquellos que no aceptasen adorar a la persona del emperador de Roma, Diocleciano.
Severo, obispo de Barcelona, temiendo la persecución, emprendió la huida hacia Octavià (Sant Cugat). A medio camino, encontró a Medín sembrando habas. Le explicó el motivo de su huida y le pidió que, si preguntaban por él, respondiese con la verdad, es decir, que había pasado por allí en el momento en que él plantaba su campo de habas.
Cuenta la leyenda que Severo se despidió de Medín preguntándole si necesitaba algo, y este le respondió que una fuente de agua fresca. Severo dio un golpe a una roca y, al instante, brotó agua en abundancia. Esa fuente no es otra que la de Sant Sever, situada al lado mismo del camino de Sant Medir.
Cuando Severo se fue, las semillas de las habas, milagrosamente, crecieron y florecieron como si hiciese meses que estaban plantadas. Poco después, los perseguidores romanos encontraron a Medín y le preguntaron por el obispo. Él les respondió la verdad: que mientras él sembraba las habas, el obispo había pasado por allí. Los romanos pensaron que Medín se burlaba de ellos y protegía al obispo, así que se lo llevaron preso y, cuando capturaron a Severo, los martirizaron a ambos y degollaron a san Medín.
Después de estos hechos, se construyó la ermita dedicada a San Medín. En la actualidad, cada 3 de marzo se celebra la fiesta de Sant Medir, y los grupos sardanistas de Barcelona y Sant Cugat se reúnen en una celebración religiosa y festiva.
La ermita de la Mare de Déu de la Salut está adosada a la Casa Gran de la Gleva, en Sant Feliu de Llobregat.
Según la leyenda, la imagen de la Virgen fue hallada por una cabra. La familia Través de Sarrià era famosa por los rebaños de cabras que tenían, y que apacentaban en Sant Feliu. El pastor observó que una de las cabras escarbaba con las patas, cada día, en el mismo rincón, junto a un gran árbol. Cuando lo explicó al amo, y este lo comprobó, excavaron en ese lugar y apareció la imagen.
Era una época de hambre y miseria, en la que mucha gente moría debido a una peste virulenta. Al saber que había sido hallada una imagen de la Virgen, creyeron que se trataba de una señal para devolverles la fe que habían perdido, y empezaron a encomendarse a la Virgen con gran devoción y sacrificios. Muchas de aquellas personas se curaron, las cosechas fueron más abundantes y los matrimonios fueron bendecidos con las criatura que habían deseado. Así fue como aquella Virgen fue denominada «de la Salud».
En aquel lugar se erigió un santuario, origen de la ermita actual, y desde entonces, en agradecimiento a la Virgen, se sube en peregrinación a la ermita una vez al año.
Otra leyenda sobre esta Virgen cuenta que existía una piedra blanca a la que se atribuían propiedades mágicas, entre ellas conceder fertilidad a las mujeres. Era muy habitual que las personas que querían conseguir algún favor de la Virgen lanzasen guijarros sobre aquella piedra: si se mantenían en equilibrio allí encima, el deseo se cumplía.
Con el nombre de Coves de Santa Creu d’Olorda (Cuevas de Santa Creu d’Olorda), Coves dels Encantats (Cuevas de los Encantados) o Coves de l’Or, son conocidas un conjunto de cinco cavidades formadas por rocas calcáreas devónicas conectadas entre sí y muy próximas unas a otras, en la vertiente este de la Cordillera Litoral de Collserola, en el Puig d’Olorda (Monte de Olorda) (345 m).
Sobre estas cavidades, habitadas en el Neolítico y conocidas desde tiempos inmemoriales por la población de la comarca, existen numerosas leyendas que las vinculan a tesoros y bandoleros. Una de ellas afirma que el cartaginés Aníbal exploró en este mismo lugar una rica mina de oro, donde existía una cueva muy espaciosa, con siete bocas de entrada y varias galerías de comunicación, en la que guardó su tesoro camino de Roma.
Otra de estas leyendas trata sobre la existencia de una cueva denominada «de la Moneda», donde se hallaría un tesoro encantado bajo la forma de piedras pequeñas y redondas. Cuenta la leyenda que todo aquel que tenga la osadía suficiente para ir a la cueva a las doce en punto de la Noche Buena, y tome una determinada cantidad de piedras, después se le convertirán en oro. Algunos dicen que distintas personas hacendadas de Sarrià hicieron su fortuna de esta forma.
Texto extraído y traducido de: Finestres al passat de Sant Feliu de Llobregat
En el año 1912, Francesc Rodon i Pujol documenta un cuento que, según decía, le explicó un anciano:
Con mucha frecuencia, alrededor del monte se formaban unas nieblas que caminaban lentamente, alimentadas por el viento. Negras como la noche, bajaban de la cima de la montaña hasta la plana y de ellas se desprendían enormes gotas, seguidas de seco pedrisco con fuerte estrépito de truenos, arrasando los cultivos de toda la plana. Al estallar la tormenta, los bosques se estremecían, el huracán arrancaba los árboles y el fuego del rayo removía profundamente toda la región, quedando mustias las pobres flores y quedando cubierta la tierra por las hojas caídas de sus tallos.
En el patio, temblaban de miedo los animales, aullaban tristemente los perros y, muy a regañadientes, salían de su madriguera las fieras.
El payés no paraba de llorar al ver arruinados sus cultivos. A su alrededor contemplaba a su mujer consumiéndose, y a sus hijos pequeños muriéndose de hambre. Invocaba a Dios, que se mostraba sordo a su plegaria; imploraba limosna, y la limosna moría en el eco de sus palabras. Pero él tenía fe, y no podía creer que procediera de Dios tanta desventura. Un día, observó que la maldita niebla surgía de una poza, donde su abuela le decía que tenían su palacio las brujas, y comprendió inmediatamente la causa de aquel flagelo. Desde entonces observa que, al inicio del chaparrón, se conmueven aquellos márgenes con infernal ruido, y quedó convencido de que la niebla no era otra cosa que el velo que cubría a los malos espíritus y brujas, e incluso en alguna ocasión creyó oír sus aterradoras carcajadas triunfales tras la tormenta.
Los buenos frailes del convento de Torre Llimassa, deseosos de poner remedio a tanta desventura, convocaron a la población feligresa de la comarca. Al pausado y lento eco de la campana, se dirigían a lo alto del monte rezando salmos que eran repetidos con fervor por los creyentes. Desde la cumbre, maldijeron las nieblas, conjuraron la montaña y mandaron clavar en la cima más alta del monte de Olorda una cruz donde debían deshacerse para siempre las tormentas y huir las brujas al abismo.
Después de tan piadosa ceremonia, es fama que no ha habido más pedrisco procedente del monte.
Texto extraído y traducido de «La creu del Puig d’Olorda», artículo de Josep M. Jordà i Capdevila, Centro de Estudios del Baix Llobregat[PDF]
En el libro de costumbres catalán abundan las leyendas sobre dragones. Collserola no es una excepción, y también tiene la suya, muy singular.
Según se explicaba hace muchos años, un gran dragón corría por la sierra cometiendo tropelías y atemorizando a la payesía y la vecindad. Tanta era la maldad de la bestia, que se hizo necesario acabar con sus atrocidades. Con esta voluntad, se armó a un grupo de caballeros que, tras una larga persecución, entraron en combate con el dragón precisamente en el collado de Olorda, donde le dieron muerte, y allí mismo enterraron sus restos mortales. Con el paso del tiempo, los restos del dragón se descompusieron, tiñendo de negro las rocas de la fosa. Así que la existencia de las pizarras negras de la cantera, tan distintas de las rocas de los alrededores, constituyó para las gentes de la antigua parroquia de Olorda una prueba que demostraba que los hechos narrados por la gente más anciana, habían ocurrido de verdad.
Como es de suponer, aquel dragón de Olorda tan solo existió en la imaginación popular. Aun así, algo hay de cierto en la leyenda. Las pizarras son de color negro porque contienen gran cantidad de materia orgánica de origen animal y vegetal. Una materia que, eso sí, no procede de un dragón enterrado, sino de los restos de los seres que poblaban las aguas de un antiguo mar que hace muchos años existió en estos parajes.
Texto extraído y traducido de: Química i medi. Itinerari ambiental de Castellciuró a Santa Creu d’Olorda. Francesc A. Centellas Masuet
Colón trajo de América tres indios que llamaron notablemente la atención del pueblo y del rey. Uno de ellos era gigante. Los consejeros de Barcelona, al ver la admiración del rey, le dijeron que muy cerca de la ciudad vivía otro gigante más alto y más grande que el indio, del que se contaban curiosas ocurrencias. El rey quiso conocerlo. Se referían al famoso Farell de Caldes de Montbui, y enviaron a buscarlo.
El gigante bajó a Barcelona. Por el camino, arrancó un pino de los más grandes del bosque para usarlo como bastón y, en dos zancadas, se presentó en la ciudad.
Al llegar al portal de la muralla, los portaleros quisieron hacerle pagar el tributo de leña por el pino que llevaba. Farell el Fuerte dijo que aquello no era un pino, sino un simple bastón. Discutieron hasta que Farell, enfadado, lanzó el pino como si fuese una caña, pasó una pierna por encima del muro y entró en la ciudad.
Era tan alto que sobresalía por encima de todos los edificios, de modo que la vecindad, desde sus terrados, podían ver cómo iba andando el gigante.
El rey, al verlo, quedó maravillado y se dio cuenta de que era más alto y robusto que el gigante que Colón había traído de América. Le llenó de satisfacción observar a aquel par de hombretones comer, antes de contemplar la pelea.
En el banquete que se preparó para ellos dos, trabajaron todos los cocineros y cocineras de la ciudad, que no daban abasto para cocinar tanta comida. El indio, que estaba convencido de que mataría a Farell el Fuerte de un soplido, no paraba de burlarse mientras comían:
«Come, come, Farallàs,
que nunca más comerás.»
Farell comió tanto como pudo, sin responder a las provocaciones del otro. Al acabar de comer, se dispusieron a luchar. La pelea se llevó a cabo en la plazoleta de Els Peixos. Toda la vecindad salió a las terrazas para verlos.
Farell el Fuerte se plantó firme en medio de la plazoleta, esperando a que el indio lo embistiera. Este empezó a propinar puñetazos, mordiscos y arañazos a Farell, quien permanecía inmóvil como si fuese de hierro. Cuando el americano quedó extenuado, Farell entró en acción y le preguntó al rey qué quería que hiciese con aquel hombre de juguete. El rey dijo que hiciese lo que le pareciese mejor y, según unos, le comprimió ambos lados a la vez y lo chafó como a un fuelle. Según otros, lo cogió por una oreja y lo lanzó por encima de las azoteas y tejados, enviándolo otra vez al Nuevo Continente, mientras gritaba: «Gentes de las Américas, apartaos, que allí donde caiga, lo aplastará todo».
Este hecho se recuerda con la siguiente canción popular barcelonesa:
«El gigante del Pino
ahora baila por el camino.
El gigante de la ciudad
ahora baila por el terrado.»
El rey quedó muy contento con Farell el Fuerte y le dio una bolsa de dinero. El hombretón regresó a Caldes por el camino que rodea Collserola, pero al pasar por el collado ya estaba anocheciendo, por lo que se quedó a dormir al raso. La noche era muy fría, y el gigante se quedó encogido y muerto.
Si observamos la silueta de la cordillera de Collserola, aún podemos contemplar la silueta del gigante tumbado.
Leyenda extraída y traducida de Llegendes de Barcelona, de Joan de Déu Prats, Publicacions de l’Abadia de Montserrat (2007)
Cuenta la leyenda que, en el año 1790, un médico llamado Menós declaró que las aguas que brotaban de la fuente estaban envenenadas, ya que estaban teñidas de color amarillo. La explicación que daba aquel hombre era que las aguas discurrían entre las raíces de los árboles, y que por ello tenían aquel extraño color.
Las gentes no bebieron de la fuente durante décadas, hasta que unos cuantos años después se descubrió que el agua de la fuente Groga tenía un alto contenido en sales de hierro, lo que le otorgaba aquel color amarillento. Los médicos del momento se apresuraron a recomendar el consumo del agua de la fuente para tratar algunas enfermedades. Y así fue como la popularidad de la fuente Groga fue aumentando. A finales del siglo xix fue parcialmente urbanizada, con una pequeña tubería de hierro que canalizaba la salida del chorro de agua.
Pero seamos poéticos. Porque existe una leyenda que sostiene que el color del agua, aquel amarillo tan sutil pero curioso, es el resultado del paso de la corriente subterránea por un tesoro de mil piezas de oro que dan el color a las aguas. Y cuenta también la leyenda que son unas hermosas y encantadoras ninfas las encargadas de custodiar este tesoro. El dicho popular también afirma que quien beba de esta fuente gozará de buena fortuna.
Texto extraído y traducido del blog: Tots els noms de Barcelona
Collserola, una mirada artística
Collserola es fuente de inspiración y estímulo para la creatividad. Artistas de todas las épocas nos han descubierto la sierra mediante diferentes lenguajes y soportes expresivos: el cartelismo y la pintura del siglo XIX, la fotografía, la mirada literaria o las manifestaciones más vanguardistas. A continuación se expone una pequeña muestra de estas creaciones.
Una de las pinturas más destacadas de Collserola es Barcelona desde Vallvidrera, del asturiano Darío de Regoyos (1857-1913). Este pintor, amigo de Ramon Casas y Santiago Rusiñol, fue uno de los precursores de la generación posmodernista catalana, y cultivó un paisajismo espontáneo, con tendencia al naíf. El cuadro se conserva en el Museu Nacional de Arte de Catalunya (MNAC).

De la misma manera, Nicolau Raurich (1871-1945), uno de los principales representantes del paisajismo catalán y un pintor vehemente y apasionado, nos presenta su visión de la ciudad desde Collserola.
El cartelismo publicitario también dibuja el paisaje de Collserola, especialmente en el marco del parque de atracciones del Tibidabo y su entorno, el Tramvia Blau y el funicular.
En el campo de la fotografía, las primeras imágenes de la sierra se engloban en el folclorismo de finales del siglo XIX y principios del XX. Destacan las postales de Àngel Toldrà Viazo y las del fotógrafo Lucien Roisin, que llevaron a cabo una labor documental hoy en día valiosísima.

A remarcar también el papel de excursionistas y gente afici0nada a la fotografía que en aquella época se desplazaban a pie hasta la sierra de Collserola para retratarla. son las imágenes de la exposición «Entorno 1900», del Arxiu Fotogràfic de Barcelona.

También en el mundo audiovisual encontramos expresiones artísticas en torno a la sierra, como por ejemplo Eugènia Balcells con Jardí de llum, instalación permanente en el vestíbulo de la estación de metro de Ciutat Meridiana, realizada en el año 2003. Se trata de un jardín basado en el bosque mediterráneo que incluye pinos, encinas, arbustos, donde la naturaleza se convierte en una ventana a nuestra imaginación o, como explica la autora: «El jardín como lugar de encuentro entre el ser humano y la naturaleza y entre la naturaleza y el arte.«
Por otra parte, a raíz de la evolución de la fotografía moderna, profesionales de la fotografia han plasmado con distintas miradas y técnicas artísticas el patrimonio natural y cultural del Parque.
La naturaleza en Collserola es, a la vez, un recurso creativo y un escenario artístico. En la fuente de la Budellera destaca la reproducción de una escultura de Antoni Tàpies; y en los alrededores del Centro de Información del Parque, en el Baixador de Vallvidrera, las esculturas ambientales del proyecto Stalker: un itinerario escultórico e integrador insertado en la naturaleza y diseñado para interactuar con los elementos de piedra.

La naturaleza resulta igualmente la inspiración creativa del escultor japonés Kan Masuda y su «Mensaje del bosque: voz de raíz», una exposición que plasma su particular visión de los estragos que ocasionaron los fuertes vientos y las nevadas del año 2009 en los bosques de Collserola.
Y entre el arte, el paisaje y el diseño, artistas como Ariane Patout i René Müller trabajan desde 2009 en un proyecto que intenta dar vida a los árboles muertos, transformando la materia en sillas y otros objetos cotidianos, como metáfora natural del renacimiento de vidas que se imaginaban acabadas. Unas intervenciones que les valieron el Premio FAD 2014 por la obra Wild Furniture – la auténtica silla de Barcelona.
Muchos escritores, escritoras y poetas han mantenido estrechos vínculos con Collserola. Jacint Verdaguer, Joan Maragall y Joan Salvat-Papasseit son tres ilustres poetas que han alabado la belleza de la naturaleza y las vistas de la sierra de Collserola.
«L’altra banda de la serra té un encís que no he dit mai,
per la joia que m’espera cada pi em dona la mà».
Jacint Verdaguer (1845-1902), o mosén Cinto, murió en Vil·la Joana, en la actualidad sede del MUHBA Vil·la Joana. Casa Verdaguer de la Literatura. . Su relación con Collserola queda perfectamente reflejada en algunos de sus poemas: «A Barcelona», «A Santa Maria de Vallvidrera», «Santa Eulàlia» y «A un rossinyol de Vallvidrera».
“Rossinyol, bon rossinyol,
he sentida la teva arpa,
l’he sentida un dematí
de Vallvidrera a Valldaura,
fent rodolar-hi tos cants
com perles dintre de l’aigua” […]
La función de mirador y atalaya de la sierra de Collserola la ha convertido en un lugar común en la literatura catalana contemporánea; un gran mirador hacia ambos lados, tal y como expresa Joan Maragall en sus versos. Su poema «Boscos de Vallvidrera» es probablemente uno de los más conocidos de todos los poemas inspirados en los parajes de Collserola.
Ai, boscos de Vallvidrera!
quines sentors m’heu donat!
Tenia el mar al darrera
i al davant el Montserrat,
i als peus els llocs del poeta
que ja és a l’eternitat…
Otras referencias obligadas, en el marco de Collserola, son «Vida i miracles d’una ginestera» de Josep Carner, «Cantata de Sant Just» de Joan Margarit, «Elegia de Vallvidrera» de Joan Vinyoli y varias obras de Sempronio, seudónimo de Andreu-Avel·lí Artís, en las que se muestran retratos de la sierra de la primera mitad del siglo xx. Tampoco podemos olvidar Catalunya, una de las tres guías de Josep Pla, en la que describe las vertientes umbrías de la sierra:
“ Els vessants de la divisòria del Vallès són, per contrast, gairebé un paradís terrenal. Els aiguavessants són literalment coberts de pins, d’alzines i d’alguns roures, amb boscatges magnífics. De vegades el sotabosc és impenetrable. La part obaga de la carena és una veritable delícia i algunes de les seves petites valls tenen un tal densitat vegetal que es difícil de trobar paisatges semblants en muntanyes força més elevades.”
Y cabe remarcar también dos obras que sintetizan a la perfección la dualidad esencial de J. V. Foix: Gertrudis y Catalans de 1918.
Incluso en el género de la novela policíaca tenemos obras de referencia. En Tatuaje, novela de la serie de Pepe Carvalho, Manuel Vázquez Montalbán expone un retrato de la historia reciente de Vallvidrera y describe con detalle su casa de Vallvidrera. Y Collserola también está presente en alguno de sus escritos de crítica social y política:
“En cierta ocasión se me ocurrió definir Collserola como una Amazonia en pequeña escala e insisto en ello, però desde la evidencia de que sobre nuestra sierra se ciernen amenazas cualitativamente similares a las que tratan de convertir la Amazonia en un casi infinito horizonte de autopistas y parcelas roturadas.”
Otro escritor que nos sumerge en la geografía íntima de la sierra es Xavier Moret con el libro Collserola pas a pas, o con la novela policíaca El hombre que adoraba a Janis Joplin.
Algunos recorridos literarios por la sierra:
- Itinerario Manuel Vázquez Montalbán. Del funicular de Vallvidrera a la ermita de Santa Maria
- Itinerario de los poetas de Collserola. De Vil·la Joana a la fuente de la Budellera
- Recorrido literario La Montaña de los poetas. Bibliotecas de Barcelona. 2012
Para saber más sobre literatura y territorio, recomendamos ENDRETS-Geografia Literària dels Països Catalans.
Fiestas y romerías
Collserola es tierra de tradiciones populares y religiosas. Desde hace muchos años se vienen celebrando fiestas y romerías que congregan, desde las poblaciones que rodean la sierra, a miles de peregrinos que marchan en procesión hasta las ermitas situadas dentro del Parque.

La tradición y el culto a Sant Medir se habían perdido y olvidado casi del todo hasta que, a partir del siglo XIX, empezó a celebrarse una fiesta muy concurrida, que ha llegado hasta nuestros días. La romería de Sant Medir se celebra cada 3 de marzo.
En Sant Cugat del Vallès, esta celebración está dedicada al copatrón de la población, y es tradición que la vecindad se desplace a pie hasta la ermita. Las personas que participan en la peregrinación, suelen hacer la ofrenda de un cirio a la imagen del santo. También es costumbre repartir habas entre las personas que llegan a la ermita, en recuerdo de las que cultivaba el santo, y que la leyenda afirma que traen suerte. Asimismo, se celebra una gran comida popular, el tradicional baile de sardanas y de gigantes, y una actuación de castells o torres humanas.
Esta festividad también está muy arraigada en distintos barrios de Barcelona, especialmente en Gràcia. La historia empezó en el año 1830, cuando un panadero de este barrio, agradecido porque se había curado y cumpliendo una promesa hecha al santo, decidió hacer una peregrinación anual a la ermita de Sant Medir.
San Medir es un santo mártir. Pero, pese a la popularidad de su culto, probablemente se trate de un santo que en realidad no existió, ya que no hay constancia de datos ni pruebas que lo confirmen. Seguramente fue creado a partir de leyendas y otras figuras reales.
Este encuentro popular se celebra anualmente, el tercer domingo de noviembre, en la antigua iglesia románica de Sant Iscle i Santa Victòria de les Feixes de Cerdanyola del Vallès. Por la mañana, se suceden las actuaciones de danzas y bailes populares (la Moixiganga, el Baile de Gitanas, etc.) y, a continuación, se celebra una misa con el tradicional reparto de panecillos bendecidos, que la tradición popular aconseja guardar para evitar robos. Más tarde, gran baile de sardanas y comida popular.
La iglesia de Sant Iscle pertenece a la parroquia de Sant Martí. Es un templo románico del siglo xii, construido sobre una iglesia del siglo x y el cementerio de tumbas antropomorfas que la rodeaba.
A lo largo del tiempo ha sufrido varias reformas y ampliaciones. En 1995, con motivo de la conmemoración del milenario de la primera cita documental de la iglesia, se llevaron a cabo distintas excavaciones arqueológicas y se restauró el templo. El Ayuntamiento de Cerdanyola fue el promotor de estas excavaciones, en las que también participaron el Colectivo de Investigaciones Arqueológicas de Cerdanyola y estudiantado de Arqueología de la Universidad Autónoma de Barcelona.

La fiesta está dedicada a la Virgen de la Salud. Cada lunes de Pascua Granada, los vecinos se dirigen en peregrinación a la ermita situada en Collserola, portando la imagen de la Virgen. La celebración tiene sus orígenes en el siglo xviii y fue recuperada en 1997 por la asociación Amics de les Tradicions de Sant Feliu de Llobregat. En la actualidad, es una pequeña fiesta mayor de la población.
Después de la subida en carro de la Virgen, se lee el pregón y da comienzo la fiesta, con actuaciones de distintos esbarts (grupos de bailes tradicionales), cantos corales y la colla castellera (grupo que levanta torres humanas). Por la tarde, se celebra la tradicional rifa del cordero.
Uno de los actos más destacados del día es el que se lleva a cabo a la salida de la misa solemne que se oficia al mediodía: el extraordinario Ball de la Soca (Baile del Tocón), danza ritual originada seguramente en un culto arcaico, anterior al culto a la Virgen. El baile es ejecutado por varias parejas que bailan alrededor del tocón, procedente del gran árbol junto al cual fue hallada la imagen. Según la leyenda de la Virgen de la Salud, se trata de un baile de fertilidad, en el que las personas solteras bailaban con la esperanza de que así podrían encontrar pareja y tener descendencia.
La romería de la Salut de El Papiol se celebra cada segundo domingo de septiembre en la explanada de la ermita de la Salut, situada a los pies del Puig Madrona. La ermita está abierta todos los domingos.
La fiesta de la Salut es un encuentro organizado por la parroquia de Santa Eulàlia de El Papiol, con el apoyo del Ayuntamiento y de varias entidades y asociaciones locales, y está dedicada a la Virgen de la Salud. También participan en la fiesta la vecindad de Valldoreix.
El encuentro incluye una velada nocturna con cena popular, y al dia siguiente una comida con misa y sardanas.














